A veces las cosas, relaciones, situaciones se terminan y nos ponemos
mal, porque no hicimos nada para que ello pase, al contrario, nos esforzamos
para que todo siga su curso tranquilo y bien. Es verdad que si algo se termina,
rara vez sea porque cumplió con su ciclo, algo ahí estaba pasando que no podía
ser...
Soy de una generación y de un espacio, donde la palabra todavía tiene valor,
nos enseñaron a creer en la gente, en ayudarla, en brindarle atención, donde lo
que uno dice es así, a defender los afectos y valorar los pequeños gestos, a
tratar por todos los medios de conciliar, y creer en Dios.
Lamentablemente, hoy lo que cuenta son otras cosas y pareciera que esto ya no
sirve, más en ciudades grandes, donde siempre están esperando que se les haga
mal, cuanto le rompiste, lo que le robaste, o como hacer para sacar la tajada
más grande (entre otras cosas).
Si bien entiendo que el modelo de nuestros padres ya no nos sirve para educar a
nuestros hijos, ni para manejarnos nosotros mismos; no creo que la transmisión
de valores tenga que ser subestimada, por el contrario, creo y sostengo,
que ante la crisis de valores que sufre la sociedad toda, debemos luchar para
que, la vigilancia sea el esfuerzo para encontrar la sabiduría, y ésta nos
sirva para discernir y encontrar a Dios en los semejantes, y sentirnos
invitados a reflexionar, a rezar, a detenernos, a mirar la propia vida en
silencio, en soledad, en comunidad o frente al Santísimo.
Me estimula saber que soy de una generación que tiene que crear alternativas
nuevas, que debe separarse de lo hecho y preocuparse por investigar, pensar,
crear y estudiar.
Tengo fé que es posible, y sostengo que lo mejor es lo que está por
venir...
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