"Hay quienes no pueden aflojar sus propias cadenas y sin embargo pueden liberar a sus amigos.
Debes estar preparado para arder en tu propio fuego: ¿cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?" Así habló Zaratustra.
El 27 de mayo, al mediodía, el Dr. regresa a su consultorio y los pacientes lo esperaban. Más tarde, almuerza con su familia y una amiga. Después de comer, durmió la siesta y soñó con el ajedrez, y la reina se comía un peón.
Aquella misma tarde del 27 de mayo, la paciente de la calle Urquiza, se desplazó en coche a la estación, donde tomó un tren que la condujo, sola, al norte, al sol cálido, al aire fresco, y a una cita sincera con un profeta llamado Zaratustra.
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